836 APÉNDICE
y queria un gobierno conjuntivo para todas las Provincias Uni
das.
Investido Buenos Aires del ejercicio de la política exterior (en
que entraba el poder de reglar la navegación), el primer uso
que hacía de este poder era conservar la clausura de los ríos.
Por ese medio, con el monopolio de comercio y de las rentas
de aduana, traía el poder de hecho de toda la Nación á las ma
nos exclusivas de su gobierno provincial. Léjos de dividir con
las provincias los frutos del monopolio, como hacía la España
en otro tiempo, los empleaba en hacer triunfar su influencia,
encaminada á sofocar los esfuerzos de las provincias por tener
un gobierno propio, nacional, y un comercio directo y libre
con las naciones extranjeras.
Para oscurecerá los ojos de las naciones extranjeras el origen
(le la guerra civil y de la falta de gobierno común que tanto per
judicaban á su comercio, Buenos Aires atribuía á las provincias
la resistencia contra la idea de constituir un gobierno general.
La voz de las provincias se ahogaba en la oscuridad de su exis
tencia claustral, y las naciones extranjeras mas de una vez die
ren razón á Buenos Aires, que monopolizó, con la diplomacia
y el comercio, la historia argentina á los ojos del extranjero.
Unico puerto accesible al comercio exterior, solo su prensa cir
culaba en los países de fuera, que acabaron por confundir á
Buenos Aires con toda la República Argentina. La menor re
flexion basta hoy para comprender que las provincias no podian
haber peleatlo en el interes de vivir destituidas de su gobierno
propio y privadas de sus rentas, de su comercio y de sus vi as
fluviales (le comunicación.
Con igual claridad se comprende que Buenos Aires no podía
tener interes en devolver á las provincias, por la fuerza de las
armas, el goce de todas esas ventajas, que monopolizaba al fa
vor de la acefalia. Si las provincias hubieran sido las que cons
piraban , su conspiración habría tenido por objeto adquirir un
gobierno, en lugar de conspirar contra la estabilidad del que
no existia.
Según esto, si el ínteres del desquicio en que vivían las pro
vincias y de su carencia de gobierno común redundaba en favor
de Buenos Aires, la responsabilidad del desorden gravitaba na
turalmente sobre el gobierno local de esta provincia.
Lo que ha sucedido á ese respecto durante veinte años hajo el