Full text: El comercio y los comerciantes

LOS COMERCIANTES 
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su tarea, entienden que el asalariado queda comple 
tamente desligado de ella. 
Cada uno quiere dirigir su vida á su albedrío, co 
rriendo los riesgos y peligros de la vida. 
Los novelistas, como Emilio Zola en Bonheur des 
Dames, más recientes como M. Victor Margueritte en 
Prostituée han pintado los grandes almacenes y talle 
res en que hay colocadas muchas mujeres como ha 
renes de los directores. Es posible que alguna vez 
ocurra eso, pero en casos excepcionales; los directo 
res que han cometido actos de tal género, han falta 
do á la más elemental moralidad profesional; ellos no 
deben distinguir á sus empleados de cualquier sexo 
más que por los servicios que rinden; si introducen 
un elemento tan perturbador como el que resulta de 
las relaciones sexuales, comprometen los intereses 
de su casa. Todos los que tienen que administrar 
establecimientos de comercio, saben que deben prac 
ticar la regla elemental de separar los negocios de los 
placeres. 
La mayor virtud de un empleado es la exactitud, 
no sólo para las horas en que ha de realizar su tarea, 
sino en su trabajo intelectual. Debe estar bastante 
seguro de lo que hace para poder sostener con argu 
mentos su manera de ver, en caso de discusión con 
sus superiores. 
La ligereza es un gran defecto. Se pueden citar nu 
merosos ejemplos de los perjuicios que de ella resul 
tan. El diario Le Commerce ha tomado de un perió 
dico americano, la noticia siguiente: 
«El error cometido por un expedicionario con sueldo de
	        
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