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confirmadas en cierto modo por el cambio reciente de Buenos
Aires.
La guerra interior que lia sufrido la República Argentina no
es de esas guerras indignas por sus motivos y miras, hijas del
vicio y manantiales de la relajación.
Si los partidos argentinos han podido padecer extravío en la
adopción de sus medios, en ello no han intervenido el aícío, ni
la cobardía de los espíritus, sino la pasión, que aun siendo noble
en sus fines, es ciega en el uso de sus medios.
Cada partido ha tenido cuidado de ocultar las ventajas de su
rival... « Cuando algún di a (decia yo en 1817), se den el abrazo
de paz en que terminan las mas encendidas luchas, ¡qué diferente
será el cuadro que de la República Argentina tracen sus
hijos de ambos campos ! ¡ Qué nobles confesiones no se oirán de
boca de los frenéticos federales ! Y los unitarios, ¡con qué placer
no verán salir hombres de honor y corazón de debajo de esa máscara
espantosa con que hoy se disfrazan sus rivales, cediendo á
las exigencias tiránicas de la situación ! »
Sin duda que la guerra es infecunda en ciertos adelantos,
pero trac consigo otros que le son peculiares.
La República Argentina tiene mas experiencia que todas sus
hermanas del Sud, por la razón de que ha padecido como ninguna.
Ella ha recorrido ya el camino que las otras principian
Como mas próxima á la Europa recibió mas presto el influjo de
sus ideas progresivas, puestas en práctica por la revolución de
mayo de 1810, y mas pronto (pie todas recibió sus frutos buenos
y malos; siendo por ello en todo tiempo futuro, para los
Estados menos vecinos del manantial trasatlántico de los progresos
americanos, lo que constituía el pasado de los Estados
del Blata.
Un hecho importante, base de la organización definitiva de
la República, ha prosperado al través (le sus guerras, recibiendo
servicios importantes basta de sus adversarios. Ese hecho es la
centralización del poder. Rivadavia la proclamó; Rósas ha coiitrihuido,
á su pesar, á realizarla. Del seno de la guerra de formas
ha salido preparado el poder, sin el cual es irrealizable la
sociedad y la libertad imposible.
El poder supone el hábito de la obediencia. Rs(* hábito ha
creado raíces en ambos partidos. Dentro del país, el despotismo
ha enseñado á obedecer á sus enemigos y á sus amigos; fuera